Hacía
ya bastante tiempo que no iba a una ceremonia a la Catedral, al templo
principal de cada diócesis y, como es el caso, uno de los más bellos y
espectaculares del mundo. Y he ido para una ceremonia de ordenación de sacerdotes,
cinco en concreto. Yo conocía, en mayor o menor medida de trato, a tres de los
mismos: uno por su importancia y los otros dos, antes de que entraran a
formarse en el seminario.
A
pesar de que la ceremonia haya durado dos horas largas y del calor intenso
(aunque no tan fuerte, bajo tan gloriosos techos, y con ventiladores que, como
he vivido, hasta han puesto en peligro a las sagradas formas, capaz de sacarlas
del copón para la comunión), no se me ha hecho pesada para nada la ceremonia.
Al contrario, ojalá más cristianos la viviéramos más habitualmente,
contemplando esa maravilla espiritual litúrgica que supone la ordenación, con
todos los demás sacerdotes en activo, diáconos y religiosos, acompañando a los
nuevos, imponiéndoles las manos, rezando todos juntos. Ciertamente, quizá sea
una de las más hermosas (si no la más) formas de celebrar la eucaristía por un
motivo tan extraordinario.
He
salido con el alma más elevada, con más alegría y aún queda participar en al
menos una primera misa de uno de estos nuevos sacerdotes, algo que también será
profundamente hermoso espiritualmente. Bendito sea Dios, sea por siempre
bendito y alabado.
Sevilla, 16 de junio de 2026. Gracias por leer esta reflexión, que Dios nos bendiga y guarde a todos.
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